domingo, 7 de agosto de 2011

Historia de Sótero

Su madre se llamaba Gregoria quien, tras una aventura juvenil, tuvo a Sótero. Cuando nació el niño, a duras penas, a insistencia de la abuela, Gregoria solía amamantarle. Así que el niño, desde muy pequeño, fue sometido a una forma de vida sacrificada y rígida.

Cuando el chico solo tenía cuatro años se dejó cautivar por los aviones. Siempre que tenía la oportunidad osaba observar con detenimiento cómo volaban, qué forma tenían, de qué estaban hechas.

Un día, en un rincón de la casa, el chico se encontraba fabricando un avioncillo de unas cajitas de pasta dental. Pero la madre, habiéndole encontrado con las manos en la masa y viendo que las cajas habían sido sustraídos del basurero, lo increpó feamente:

-¡Sóto! ¿Qué estás haciendo? ¡Con que hurgando el basurero! ¿No sabes que de él proceden las enfermedades? ¡Deberías estar haciendo algo más útil. Por ejemplo: ayudarme en la cocina!

Tales fueron las palabras que acompañaron a la buena reprimenda y a los azotes que recibió el chico por parte de su madre. El muchacho pensó que hacer aviones era malo y, en cambio, estar callado, era bueno. Pero, estar siempre callado, le era imposible dadas las condiciones vitales de un niño.

La señora Gregoria era una mujer de carácter fuerte y dinámica así que, cuando iba por la calle, especialmente cuando llevaba consigo a Sótero, solía conducir casi arrastrando, pues las piernas del pequeño eran muy diminutas y tenía que caminar a trancazos o a saltos. Aún así la madre acostumbraba gritarle:

-¡Camina rápido! ¡Camina! ¡Los pies no son para guardarla; son para caminar!

Dadas tales circunstancias el muchacho, en poco tiempo, logró habituarse a la velocidad de la madre. Sin duda su madre era una mujer muy dinámica tanto que la gente, debido a esas cualidades, acostumbraba otorgarle un hermoso apodo: ‘Motito’ (de motocicleta).

El niño fue creciendo y, a temprana edad, sabía cocinar a la perfección cual si fuera una máquina eficiente. Sin embargo todo ese historial, más o menos inusual, sirvió para que la madre se apodere de su consciencia.

Las palabras que el claval siempre había escuchado en casa, fueron las que habían sido decisivas para su vida futura. Posteriormente la voz de su madre se convirtió en una evidente voz de mando, voz de alarma, voz de autoridad, voz de moralidad… De modo que si el muchacho quería hacer algo, estaba la voz interior que decía: ¡No Soto! ¡Soto No! ¡No hagas eso! ¡Eso está mal! ¡Tienes que ser bueno!

Cuando el niño fue por primera vez a la escuela, la profesora le preguntó cómo se llamaba y él solía contestar:

-¡Soto No!

La profesora, al escuchar la respuesta, soltó una carcajada junto con los demás niños, sus compañeros, y luego dijo con tono autoritario:

-¿Soto No? ¡Qué nombre más raro!

Y el pobre Sótero, desde ese entonces, comenzó a ser víctima de burla para sus propios compañeros. En suma se tornó un niño callado, objeto de toda clase de burlas, censurado por todos, tachado como ‘el niño más tonto de la escuela’. Debió de ser tiempos en la que se decía: “La letra entra con sangre”.

En otra ocasión sus mismos compañeros le pasaron una mala jugada. Razón por la cual no hizo su tarea y, a la hora de presentar, no tenía nada. Así que la profesora consiguió una cartulina con un letrero que decía: “¡Soy flojo! ¡No estudio! ¡No respondo a los esfuerzos de mi madre!”. Con ese letrero frecuentaba estar parado en el frontis del establecimiento. Sus compañeros se burlaban, algunos le insultaban, otros se reían, y alguno se acercaba a él para acompañarle un momento.

Esta clase de cosas fue creando en el niño un trauma mayor, adquirió un rechazo único al estudio y, especialmente, a su profesora, de quien no quería saber nada ni siquiera escuchar su nombre.

Por otro lado Dña. Gregoria acostumbraba tener mucha amistad con el curita del pueblo, un viejo sacerdote que enseñaba catecismo a los niños y jóvenes de la comarca. Entre los jóvenes más tiernos se encontraba Sótero y, para su suerte buena o mala, se enamoró de la hija del alcalde. La muchacha, aunque Sótero era pobre y huérfano, supo comprenderla y comenzaron a hacer una aventura juntos. Y llegó un día en que se escaparon a otro pueblo para ser partícipes de una fiesta, abandonando los cursos de catequesis… La comunidad entera se enfureció por tal actitud juvenil. Y allí ocurrió lo que debía… La muchacha quedó encinta y toda la gente de la clase reputada se volvió en contra del joven. Su madre, Gregoria, no podía aceptar lo ocurrido. Fue donde el cura y, éste, confirmó su postura. Ella terminó lamentando la situación de su hijo pues había pensado, de antemano, abandonarlo en manos del clérigo.

Al día siguiente, después de haber retornado de la fiesta, el jovenzuelo fue como de costumbre a los cursos de catequesis pero no fueron aceptados por la mayoría. Y, de hecho, cuando llegó el clérigo a la hora indicada, comenzó a hablar a cerca de Sótero. Les decía a sus muchachos:

-¡Ustedes no sean como éste! ¡Un hijo malagradecido! ¡Hijo del diablo! Los hijos de este noble pueblo no merecen tal insulto. Inmediatamente debe confesar todo lo que ha estado haciendo en la fiesta de Santiago.

Así que Sótero fue sometido a una confesión severa y, en ella, tuvo que explicar detalladamente todo lo que había sucedido. Lo que quedó claro, después de la confesión, fue que una aventura de esa naturaleza era un ‘pecado mortal ante Dios’. Suponía una falta que no tenía ‘perdón alguno’ y que, por ese hecho, merecía el infierno. Acto seguido el cura se negó a dar la absolución argumentando: que el joven sólo si todo lo que había confesado fuese declarado en público, ante las autoridades, los ancianos y religiosos, y toda la gente del pueblo, podría revisar su postura rígida.

Desde ese entonces una voz, otra, y otra más, tomaron posesión de su consciencia. Contrajo así una mente susceptible y ya no pudo ser libre por el resto de su vida. Las voces que bullían en su interior eran: ¿Qué estás haciendo? ¡Con todo lo que has hecho te irás derechito al infierno, a pagar por tus actos! ¡En este mundo no sirves para nada! ¡No hagas esto! ¡No hagas lo otro! ¿Estás loco? ¡Sé un poco más civilizado! Sin duda eran las voces de su madre, de la profesora, y del cura, circulando por las inmediaciones de su mente.

La educación, la familia, la sociedad, la religión, a lo largo de su existencia, han venido creando una tensión al interior del ser humano. Las voces que te han inculcado desde muy pequeño ahora perviven en tu mente. Quieres ser creativo, descubres que puedes hacer cosas nuevas, pero hay una voz interior que te dice: ¡No hagas! Estás yendo contra las normas, contra la civilización, contra las buenas costumbres, contra tu identidad, contra tus raíces, contra la raza, etc.

Cuando quieres amar hay una voz que circula en tu mente: ¡Estás cometiendo pecado! ¡Estás fornicando! ¡Pagarás por todo lo que hagas! Con todo ello no eres más que una víctima de un censurador interior, consciente o inconscientemente. ¿Cómo puedes ser feliz si llevas en ti un censurador? ¿Cómo puedes participar de la fiesta de la Existencia cuando llevas contigo, en lo profundo, en tu ser, una voz censuradora? Tus padres, tus profesores, tus sacerdotes, tus gurús, tus políticos, aunque en persona hayan muerto, viven ahora en tu mente, como voces, formas que –a la larga– se convierten en obstáculos para el surgimiento de una nueva conciencia.

La mayor calamidad que le ha ocurrido al ser humano es: haber permitido, consciente o inconscientemente, infiltrarse en sí un CENSURADOR. Y esta es la raíz de todos los sufrimientos. Y hasta que no nos libremos de ese CENSURADOR que hay en nuestro interior no podremos probar el sabor de la felicidad. A causa de ese CENSURADOR no podemos participar de la fiesta que supone la Existencia y, por tanto, no podemos ser seres humanos, sino unos seres mecánicos, títeres de las instituciones creadas por nuestra ignorancia y desconocimiento de nuestras propias potencialidades.

Pero esta es la hora en que la gestación de una nueva conciencia está por acabar. Está a la vuelta de la esquina el advenimiento del Homo Novus. Es el hombre indicado para conducir a las generaciones siguientes y sepultar al viejo hombre supersticioso.

Ohslho

viernes, 5 de agosto de 2011

Mochita y Chingolo II

(Historia de amor)

La calle estaba oscura y, Chingolo, como en sus noches de bohemio, intentó acercarse a una simpática muchacha que, de casualidad, iba por el andén. Había llegado el momento oportuno de conquistar la niña de sus sueños, pero al verla tan cerca se le desvaneció las ganas, incluso, de dirigirle una sola palabra.

Mochita iba apresuradamente y, para la buena suerte del muchacho, padeció una mala pisada debido al empedrado tortuoso de la travesía. Ella cayó dolorida y sus zapatillas, que cubrían sus delicados pies, se rompieron. Entonces se detuvo y, para el muchacho, había llegado la ocasión de acercársele.

Cuando el muchacho accedió al lugar se limitó a decir:

- ¡Buena Mosa! ¡Hermosa como la luna! Permíteme socorrerla. ¿Está usted tan ocupada en sus zapatillas? Pues aquí llegó un zapatero. ¡Déjeme ayudarla!

Ella, que llevaba cubierto el rostro, sollozó diciendo:

- ¿Quién es usted?

Chingolo contestó:

- ¡Eso no importa! Ahora es el momento de arreglar sus zapatillas. Tienes que caminar mucho. La noche se nos viene encima.

El joven afanosamente se las arregló con las zapatillas y ella, viendo que sus actitudes pareciéronle familiares, intervino:

- ¿Ud. conoce mi casa?

El contestó:

- Por su puesto. Es usted la buena moza que cuida a una viejecita cual si fuera su propia niña, ¿verdad?

Ella asintió:

- Sí, es verdad.

Los ojos de la moza nunca habían brillado tanto como esa noche. Las miradas se volvieron tan significativas para ambos y la vida comenzaba a florecer. Los sentimientos se entrecruzaban, no hubo más palabras, solo miradas. La luna sonreía y comenzaba a cubrirse con su manto oscuro.

Empezó la caminata. Irrumpieron las risas, iban y venían, de un lado para otro, otra vez las miradas, luego las lágrimas, nuevamente las risas, parecían dos chiquillos jugando sin ton ni son.

Después de un relajado caminar, ella, tomó la mano del muchacho, la apretó. ‘No es fantasía, es real’ –suspiró–. Un fuego devorador encendió la mecha de los corazones, y su calor se apoderó de sus cuerpos, mientras las nubes comenzaban a derramar rocíos de agua, aguas de otra dimensión.

Al fin, envuelto de éxtasis, Chingolo deliró:

- ¡Mira Mochita! ¡Mira la luna! ¡Mírela! Con ella, ni el más oscuro nubarrón puede. ¡Está bella! ¡Mírela!

Sin duda, eran delirios, y la moza estaba tan impactada al reconocer la voz de Chingolo. Se quitó el velo y, por fin, vio al príncipe con quien siempre había soñado, el que había proferido su nombre. Claro así le decía la abuela, así le decía la gente, Mochita.

Luego se escuchó una música, un éxtasis, un ritmo de las lejanas tierras del amor. Los rostros se vistieron de risas y ternuras, se cuajaron las narices, se mezclaron las manos, cual si fueran una sola carne. Una música esencial cubrió los cuerpos y, al compás de la lluvia, se fundieron el uno en el otro y viceversa. Los deseos habían concluido, y un aura de éxtasis los empapó a los dos. La lluvia cayó a cántaros y los corazones a latir juntos. Los segundos, los minutos, las horas habían desaparecido.

La música esencial y su torrente embriagador los cubrió con sus alas. ¡Y bailaron bajo la lluvia!

La vida tiene tantas cosas hermosas. Incluso, bailar bajo la lluvia, no es otra cosa que una celebración. ‘Bailar bajo la lluvia’ significa que el hombre no sólo es matemática, ni sólo lógica. ‘Bailar bajo la lluvia’ significa que el ser humano es música, fiesta, poesía, regocijo. ¡La expresión más grata ante la existencia es celebrarla por el hecho de existir!


Ohslho

jueves, 4 de agosto de 2011

Kisho dijo...


(¡En mi hacienda, los bonsáis son gigantes!)
Kisho era un anciano de muy buenas cualidades: manejaba la espada a la perfección, enseñaba zen, meditación, defensa personal, etc.

Tuvieron siete hijos con su esposa Yuri y, el mayor, se casó con Yukiko y tuvieron un niño al que le llamaron Hiroshi. Éste creció y se instruyó en botánica. Amó tanto a las plantas que su cuarto de dormir los llenó con ellas.
Tenía una verdadera colección de plantas traídas de todo lado.

Pero con el tiempo prefirió criar Bonsáis y aprendió el arte de cultivarlos. El cultivo consistía en conservar el aspecto físico y natural de la planta pero en tamaño reducido, a través de técnicas como el trasplante, la poda, el alambrado, el pinzado, etc. y modelando su forma para crear un estilo que le recordara al Bonsái inmenso que lucía en la hacienda de su abuelo.

Durante varios años dejó de visitar la hacienda de Kisho hasta que, éste, se preocupó y fue a ver a su nieto, el jovenzuelo dedicado a criar bonsáis en su sala de estudios botánicos.

Cuando el abuelo llegó a la sala de estudios, observó todo cuanto el muchacho había producido y, antes de que dijera algo, el nieto exclamó:

- ¡Abuelo! ¡Bienvenido a mi sala de estudios botánicos! Ahora, esta sala es el lugar más importante de la casa, el lugar de mis favoritos, me recuerda nada menos que a tu hacienda. Con las clases que llevo y la experiencia que he adquirido, he descubierto el secreto de inmortalizar los bonsáis. Como tal, es un arte divino, ¡el arte de cultivar Bonsáis! ¡Ahora estos Bonsáis pueden vivir miles de años!

Kisho, impactado por la hechura de Hiroshi con los cientos de Bonsais que exponía la sala de estudios, dijo:

- ¡Hijo! ¡En mi hacienda, los Bonsáis son gigantes! ¡Brotan del mismo suelo en total libertad!

¡Los Bonsáis en su hábitat son gigantes! ¡Viven su libertad! Pero el hombre ha aprendido el arte de cultivarlos. Es un arte muy raro. Se planta el Bonsái en un tiesto desfondado y le van cortando las raíces. Cuando las raíces salen y tratan de llegar a la tie­rra, las cortan, simplemente las cortan sus raíces. El árbol puede vivir durante miles de años, pero nunca florece, nunca llega a dar fruto. ¡Nunca se realiza plenamente. Parece inmortalizarse!

La inmortalización, en este caso, no es otra cosa que una simple suposición, una apariencia, una ficción. Y esta misma técnica ha sido aplicado a los humanos: se le ha cortado las raíces en relación a todo con el pretexto de la inmortalidad. Pero la inmortalidad nadie puede conceder porque ella es consecuencia del desarrollo pleno de una individualidad.

Al niño se le inculca todo so pretexto de que él no sabe nada. Todas las decisiones toman sus padres, sus profesores, sus líderes, y el niño tiene que ser absolutamente obediente a sus tutores.

En este mundo el niño obediente es el premiado, el elogiado, el respetado. Pero pasará el tiempo, se hará viejo y no habrá crecido, no habrá florecido, no habrá dado frutos; habrá reptado como cualquier miembro de la multitud; y los hijos que engendra no serán sino unos retrasados mentales, eternos empleados de los líderes de este mundo, cuyos votos sólo servirán para subir la palanca de las estadísticas de los charlatanes.

Así se ha destruido toda posibilidad de la fiesta, la danza, la canción, la poesía, que supone la existencia. La gratitud, con respecto a la existencia, que se ha traducido en dominio y sometimiento; la integridad que debía florecer en cada ser humano; la autenticidad que ha sido reemplazado por la hipocresía; la individualidad que ha sido carcomida por los ideales de la multitud, han sepultado toda posibilidad de conexión con la Existencia y la Naturaleza.

Sin embargo, lo básico para el niño de hoy es devolverle la individualidad, la oportunidad de decir sí, cuando es sí; y no, cuando es no. Permitirle pensar por sí mismo, tomar su propia decisión, esto es, devolverle la responsabilidad que le ha sido arrebatado bajo la maravillosa palabra: Obediencia. ¡Dar alas al niño será la obra más loable para el surgimiento de un nuevo ser humano! ¡Cortar las raíces de un niño, sus conexiones con la Existencia, no es sino la obra más detestable que existe!

Ohslho
Hans Mi Pequeño Erizo. Parte 1



Hans, mi Pequeño Erizo. Parte 2



Hans, mi Pequeño Erizo. Parte 3 y final